Fidel,
la sucesión imposible
Por Luis Sexto
Un bumerang recorre el mundo columpiándose entre las izquierdas y las derechas: la sucesión de Fidel Castro. Y parece que pocos se percatan de que unos y otros somos injustos e inexactos. Porque la pregunta, ante el natural proceso del relevo de los hombres y las generaciones, no puede recaer en quién será el sucesor de Fidel. Más bien habrá que preguntarse si el líder cubano –el último gran líder del siglo XX- podrá ser sustituido.
Desde el principio este articulista se suma a cuantos aseveran que Fidel no tiene sustituto. Y, por lo tanto, no habrá sucesión personal. El vacío que abren ciertos personajes no se colma por el simple dictado de las especulaciones, la buena intención o la voluntad de un partido. Los cargos de Fidel, establecidos por la Constitución cubana, tendrán que ser ejercidos alguna vez por otros hombres y mujeres, cuya historia, valor humano, fidelidad a la revolución y honradez les permitirán acceder a la confianza popular. Pero ello no significa que sustituirán a Fidel. Ellos, cualquiera de los presumibles candidatos, también lo creen así. Porque Fidel es único. Y no por prescindible, como apuntó ingeniosamente un pensador. Único. Porque surgió como urgencia de una época, de un cuarto de hora histórico, llamado y condicionado por las demandas de las tendencias más limpias de la nación. Hacía falta entonces el líder que encarnara, en brazo y voz, el rescate de la república trunca, desgajada de su tronco cordial y justo –regado y podado por José Martí, otro cubano sin sustitutos- por la intervención de los Estados Unidos y la imposición de la neocolonia, a contrapelo de la vocación de independencia de la Isla.
Fidel, desde luego, poseía los atributos personales de inteligencia, abnegación, cultura, ética e ideas que le facilitaron merecer la nominación de representar las aspiraciones nacionales. No fue obra de un acto mágico, instantáneo. Durante varios años depuró en la lucha su destreza, clarificó sus fines y demostró ser, no el hombre providencial, sino el que con más lucidez encarnó el afán popular de una renovación en la Cuba corrupta, desgobernada, mancillada por el extranjero y dividida en ambiciones y feudos. Fidel, sin embargo, no se apropió del puesto supremo de la jerarquía. Casi todos los cubanos -descuento, en sana objetividad, los que no lo quisieron- le asignaron el palo mayor del vigía y la popa del timonel. Se convirtió en el artífice y en el nudo de la unidad nacional. El pueblo lo amó, porque se reconoció en él. Y le reconoció la excepcionalidad del hombre que invita, exhorta, ordena con los actos precisos y que va delante porque es el primero en creer en cuanto predica y defiende.
Las personalidades –sabido es- no son las decisivas en los procesos sociales. Pero, en ciertos momentos, se tornan imprescindibles. Sin Fidel, quizás la historia de los últimos 60 años en Cuba hubiera presentado diverso perfil. Nos hubiéramos demorado buscando el índice más correcto, más capaz. Antes de Fidel, y del Moncada y la Sierra Maestra, dudábamos y nos fragmentábamos alrededor de decenas de personajes de faroles cortos. Por eso, Fidel Castro encarna esa voluntad de independencia, “esa voluntad de una república cordial con todos y para el bien de todos”, como planeó Martí.
Después de Fidel no habrá que inventar necesariamente un líder, un émulo. La Historia no reparte sus papeles definidores y elige sus actores con los instrumentos de las herencias o los esquemas dinásticos. Martí murió. Y cuando la situación trascendió el campo bélico y empezó a decidirse en el político con la injerencia de los Estados Unidos en la guerra entre cubanos y españoles, el propio Máximo Gómez, general en jefe del Ejército Libertador, comprendió que ni él ni ningún otro podían reemplazar al líder del Partido Revolucionario Cubano en circunstancias tan oscuras. Les faltaba su virtud. Su clarividencia. Su excepcionalidad. Y el Viejo combatiente exclamó: Este hubiera sido el momento de Martí.
El tema me es demasiado afín, propio, vital. Y me resulta espinoso tratarlo. Y tratarlo convincentemente. En 1996, acompañaba como periodista a la delegación cubana a la reunión cumbre de los países iberoamericanos en Santiago de Chile, y un periodista radial me preguntó qué pasaría en Cuba tras la desaparición de Fidel. Esta pregunta –le respondí al colega chileno- pocos cubanos se la formulan. Ciertas personas, como ciertos valores, padecen de eternidad en los deseos de cuantos los quieren o practican. ¿Quién piensa en la muerte del hijo, de la madre, del esposo o la esposa? Las actitudes defensivas nos reclaman aplazar esos pensamientos. No por ello, desde luego, la gente que amamos vivirá para siempre. Pero, yendo a la raíz, habrá que prepararse para asumir el hecho de que careceremos algún día del referente sustantivo adonde virábamos la vista procurando la señal. Habrá que aprender a decidir por cuenta propia. Y a aglutinarnos para impedir que sobrevenga, en la desolación, una Cuba postCastro, como dicen los enemigos. Habremos de empujar, en cambio, el derrotero de una Cuba sin la presencia de Fidel. Con el inmensurable vacío de su figura. Y creo que, a pesar de ello, no será un país opuesto al que ha sido. Las tendencias históricas favorables a la independencia y a una sociedad regida por los valores del ser, conducen a esa certeza.
Por supuesto, quien escribe no define a Fidel como un ídolo infalible. A veces, y lo digo con la confianza que le profeso, no lo he comprendido, he dudado, y hasta me he disgustado. Ese ha sido mi derecho al juzgar a quien considero mi compatriota mayor. Y por esa razón, sostengo, con otros, que su espacio será irrellenable. Cualquiera pretensión se desmoronará ante la imposibilidad de igualarlo política e intelectualmente. Y la intuición del pueblo no errará. El pueblo sabe distinguir entre el oro y su remedo.
Y, por tanto, para que sea posible el país sin Fidel, y el legado fidelista no retroceda sino se perfeccione y se multiplique, la compensación del poder tendrá que ejecutarse mediante un sujeto corporativo encabezado por el Partido Comunista. En las instituciones mejoradas y equilibradas multilateralmente para evitar el verticalismo y en la profundización de la democracia, parece hallarse la clave de la perdurabilidad de la Revolución y su ideario socialista de libertad, igualdad, justicia social y bienestar. Democracia participativa, en efecto, distinta a la democracia occidental, norteamericana, cuyo multipartidismo –que se presenta como modelo- se reduce al dominio alternativo de dos grupos de poder, al margen de los ciudadanos. Por tanto, en la democracia cubana no podrá haber espacio para las corrientes que miran al Norte y aspiran a sometérseles con la recurrencia al capitalismo. Ni tampoco espacio para la burocracia que pretenda erigirse en intermediaria entre el poder y la gente.
El socialismo, con todas sus insuficiencias y limitaciones, todavía no ha fracasado en Cuba. No ha fracasado, mientras haya reservas, soluciones, enmiendas originales aún por aplicar. Ahora bien, el capitalismo ya fracasó en Cuba una vez: solo produjo injusticias, dependencia y subdesarrollo. Y nadie asegura que ahora, si regresara, sería distinto. La lección primordial de Fidel, entre otras muchas, es esa: el capitalismo equivaldrá al dogal instalado por la potencia que, desde 1805, nos juzga como “la fruta madura”que ha de caer entre sus colmillos.
Y concluyo por donde empecé: ¿Sucesión sin sustitutos? Es posible que sea así. La otra, imposible. No seríamos justos con Fidel y, además, nos equivocaríamos.
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Publicado en: 2006-03-15