CUBA: REALIDADES PARA UNA DECLARACIÓN
SOBRE DERECHOS HUMANOS
Wilkie Delgado Correa
La estrategia imperial de Estados Unidos para justificar su política genocida contra Cuba contempla la explotación mediática y diplomática del tema de los derechos humanos, y cada año repite en Ginebra el repiqueteo de campanas para arriar el rebaño de obedientes ovejas hasta su redil. También otros, que dicen que lo hacen de buena fe y para ayudar, meten baza en el asunto, y le hacen, conscientes o no, el juego al enemigo.
Cuando reflexiono sobre este tema en estos tiempos que vivimos, mientras escucho el rugir de las tempestades que nos acechan, me brota incontenible el mar de razones por las cuales los cubanos podemos permanecer inconmovibles y afirmados en la certeza de que no seremos arrasados.
Tomando como guía la Declaración Universal de los Derechos Humanos, los cubanos pueden establecer, a partir de principios y realidades, su propia declaración universal en que se reflejen su forma de apreciar y concretar los derechos, a la luz de su historia, sus luchas, sus sueños y sus conquistas. Por tanto, pueden esgrimir verdades como las siguientes:
Tenemos una Patria que es digna de ser admirada y enaltecida, poseedora de una sin par historia, cuya significación y destinos nos dan vida y aliento, y por ello mismo ha devenido en un ejemplo y una esperanza para otros pueblos.
Tenemos una Revolución más grande que nosotros mismos, sus gestores y artífices; ese colosal instrumento para cambiar el pasado, construir y perfeccionar el presente, proyectar y edificar el futuro. Ella hoy alza toda la historia gloriosa de la Patria y la proyecta victoriosamente hacia el futuro, porque en ella impera el principio de la unidad estrecha de todos los revolucionarios y del pueblo.
Tenemos unos símbolos patrios enraizados en el corazón. Una bandera para mostrar al viento el largo desfile de nuestras luchas durante siglos. Un himno para cantar de un mar a otro nuestro clamor de pueblo y nuestra voluntad histórica de que “morir por la patria es vivir”; nuestra convicción de que “en cadenas vivir es vivir/ en oprobio y afrenta sumido”, y un mandato para la lucha: “del clarín escuchad el sonido/ a las armas valientes, corred”. Un escudo para identificarnos ante el mundo y defender nuestra existencia como pueblo soberano y como nación independiente.
Tenemos una sociedad que refleja en sus grandezas e imperfecciones, en sus aciertos y entuertos, nuestros empeños y sacrificios por convertir en realidad tangible nuestros más caros amores y nuestro mejores sueños en aras de la felicidad de cada hombre y mujer de nuestro pueblo.
Tenemos una sociedad, imagen de nosotros mismos, que en medio de las limitaciones que nos imponen las condiciones propias y las intromisiones o agresiones externas, sustenta cuantas cosas hermosas en derechos y reconocimientos son inherentes al ser humano, y cuya ley primera es el culto a la dignidad plena del hombre.
Tenemos la libertad conquistada a precio de coraje y sangre, desde aquel primer gesto rebelde de nuestros indios para enfrentarse a un dominio exterminador, hasta las luchas actuales para resistir las pretensiones del hegemonismo yanki.
Tenemos la justicia, aquella quimera del indio, del esclavo, del campesino, del obrero y de la gran masa del pueblo, que alzamos orgullosos tan alto como las palmas. Y luchamos por hacer realidad el ideal de José Martí para conquistar toda la justicia.
Tenemos la paz interior en nuestra tierra, asentada en el trabajo creador, la satisfacción de las necesidades y aspiraciones fundamentales, los valores e ideales compartidos, la amistad y la colaboración con otros pueblos. La defensa de esta paz es la única razón para prepararnos para resistir y vencer en una guerra de todo el pueblo por nuestra supervivencia como nación. Pues con nuestro Héroe Nacional, José Martí, concordamos en que “la paz es el deseo secreto de los corazones y el estado natural del hombre”, así como que es “¡Bienaventurada la tierra donde se libran las batallas de la paz!”.
Tenemos una sociedad organizada bajo principios nobles. Somos libres e iguales en dignidad y derechos. Somos fraternos entre nosotros, pero también con los otros hombres del mundo. Proclamamos y afirmamos nuestra lucha por perfeccionar nuestra obra de arte social, manteniéndola libre de cualquier tipo de discriminación, por ínfima que sea. Si no hemos alcanzado lo que aspiramos todavía, es porque como dijera Martí: “Toda sociedad tiene, como el cuerpo humano, sus propias llagas”. Pero se trabaja y lucha, con vocación de médicos sociales, por prevenirlas, curarlas y evitar las recidivas.
Tenemos el derecho, el respeto y el culto a la vida del hombre y a la vida de todo un pueblo. Preferimos morir antes que ser esclavos. Odiamos y no practicamos la tortura, las vejaciones y los tratos crueles, porque fuimos sus víctimas durante siglos.
Tenemos nuestras leyes, ante las cuales todos somos iguales, y velamos por que se cumplan como garantía y protección de cada uno y de todos nosotros.
Somos dueños de nuestro país y como tales vivimos, aquí y allá, concibiendo la sociedad socialista que construimos como obra asumida consciente y voluntariamente.
Tenemos un pueblo que es como una familia mayor, suma y síntesis de las familias fundadas por nosotros, sobre bases y relaciones nuevas, más fraternas.
Tenemos la propiedad individual ganada con nuestro trabajo y sudor, y esa inmensa riqueza colectiva de todos los bienes estatales, de la que somos copropietarios y usufructuarios. Por eso nadie podrá arrebatarnos nuestro legítimo patrimonio material y espiritual. No contamos con inmensas riquezas materiales, porque pertenecemos a un país subdesarrollado y de pobres recursos naturales y, además, durante demasiado tiempo fuimos explotados como el resto de los países colonizados. Pero a pesar de eso, hemos alcanzado un desarrollo social que cuenta con muchos indicadores característicos de países altamente desarrollados. La distribución equitativa de los recursos producidos es un rasgo distintivo de nuestra sociedad y su milagro notorio.
Tenemos la libertad de pensar, de creer, de opinar y expresarnos, porque esos derechos los conquistamos a costa de cruentas luchas contra los mismos bandos y fuerzas que hoy quisieran destruirnos, para amordazarnos y sumirnos en el silencio .
Tenemos el poder efectivo en el país, porque la voluntad del pueblo es la base de la autoridad del Poder revolucionario, fundado sobre los principios de una democracia verdadera y superior, pero perfectible.
Tenemos trabajo para todos, con cuantos derechos y privilegios se pueden garantizar en una sociedad de trabajadores, promovidos armónicamente por las organizaciones estatales, sindicales, sociales y políticas. Tenemos la seguridad social como complemento de un nivel de vida adecuado.
Tenemos la educación gratuita y universal; tenemos los servicios de salud gratuitos y altamente desarrollados en función de la vida y bienestar de todos; tenemos los deportes y la recreación; tenemos la cultura y la ciencia accesibles a todos. Tenemos una obra de tal magnitud en estos terrenos, que asombra a los más incrédulos de los vivientes de este mundo. Y que sólo se permiten negarla los enemigos más recalcitrantes.
Tenemos también deberes respecto a nuestro pueblo, porque sólo en su seno podemos desarrollarnos libres y plenos.
Somos magnánimos y generosos, pero no ingenuos, ni débiles ni traidores, como para dejarnos arrebatar los sueños y las realidades que se han incorporado para siempre como sangre de nuestras venas, como carnes de nuestro cuerpo, como latidos del corazón, como ideas y convicciones de nuestras mentes.
Tenemos nuestras dificultades, carencias y limitaciones. Tenemos también nuestros errores y meteduras de pata, y males indeseables como en todas partes, que sabremos encarar sin lamentos, lloriqueos o claudicaciones. Para engrandecer y perfeccionar nuestra obra, trabajamos y luchamos cada día con la firme convicción de que más allá de cualquier tormenta en noche oscura, nos esperarán siempre amaneceres más apacibles.
Lo ocurrido en el lapso que media desde el año 90 hasta el presente, es la mejor confirmación del poder y del milagro recuperador de la lucha, el trabajo y el amor que son consustanciales a la Revolución y al pueblo cubanos. Atrás fueron quedando, a golpes de coraje y audacia, momentos de crisis extremas, y fueron emergiendo, en un parto difícil pero feliz, reconfortante y prometedor, las imágenes y signos de los nuevos momentos de la victoria propia del país y, además, de la victoria compartida con otros pueblos de nuestra América y de otras partes del mundo.
Finalmente cabe declarar, con palabras de José Martí, que “nada piden los cubanos al mundo, sino el conocimiento y respeto de sus sacrificios, y dan al universo su sangre. [...] Y al mundo preguntamos, seguros de la respuesta, si el sacrificio de un pueblo generoso, que se inmola por abrirse a él, hallará indiferente o impía a la humanidad por quien se hace.”