COLOMBIA, CRÓNICA SOBRE NOTICIAS NUEVAS Y VIEJAS

 

WILKIE DELGADO CORREA


 

Colombia es noticia continua de violencia ya que vive desde hace mucho tiempo entre la guerra y la paz. El conflicto armado parece no tener fin, a pesar de la estrategia de exterminio aplicada contra la insurgencia por distintos gobiernos, con el colosal apoyo de los Estados Unidos. Las guerras entre los narcotraficantes y contra ellos son un mal social inveterado.



Los intentos de búsqueda de la paz en distintas épocas han terminado en el fracaso. Por otra parte, los intentos de destrucción de los focos guerrilleros aplicando cualquier tipo de violencia y sin importar los medios, ha conducido al agravamiento de la situación, como fueron los sucesos del bombardeo del territorio ecuatoriano, las amenazas al territorio venezolano y la participación incondicional en el asunto dada a las tropas de Estados Unidos, asentadas en territorio colombiano. Este estado actualmente se agudiza con las posibilidades de que Estados Unidos establezca otras bases militares en el país.



Hace unos cuantos años, en ocasión de un congreso científico mundial con sede en Toronto, Canadá, hubimos de coincidir y conocer a una colega colombiana que hizo empatía con los dos delegados cubanos, la Doctora en Ciencias Médicas María del Carmen del Valle, hoy Profesora de Mérito del Instituto Superior de Ciencias Médicas de la Habana, y yo.



Como es natural en estos encuentros se conversó de todo, especialmente de los resultados científicos que expondríamos en el evento y sobre otros temas que eran de interés particular para nuestras respectivas especialidades médicas.



También, como es natural, por el hecho de ser cubanos (¿de Cuba?, como trataban de precisar los interlocutores con esta expresión de extrañeza), se abordó la realidad diversa de Cuba, convertida en misterio, fantasma, tierra tremebunda, gracias a la propaganda más escandalosa que se conoce sobre un país, y tal vez por eso mismo más atractivo y con el encanto de lo prohibido. Por supuesto, no podía faltar tampoco el intercambio de información sobre la realidad que nuestra interlocutora conocía de Colombia.



Después de aquel intercambio normal entre seres humanos civilizados y desprejuiciados, era posible entender la comprensión mutua de nuestros destinos dentro de dos sociedades diferentes. La honestidad y la sinceridad entre las personas pueden tender puentes, y pueden hacer comprensibles los asuntos más abstrusos del mundo íntimo individual y de la realidad social.



Nos confesaba la colombiana sus temores por el posible triunfo del socialismo en su país, pues era visible en el horizonte mundial, en esa época, la marcha de los acontecimientos mundiales favorable a esa tendencia. Se manifestaba tanto en los países tercermundistas como en algunos del primer mundo. Así que, confesaba, ella trataba de persuadir a su hijo adolescente para que escogiera una carrera universitaria que le fuera lo más favorable dentro de un sistema socialista. Hasta ahí llegaba su razonamiento: el intento de adaptarse a los nuevos tiempos que, según barruntaba, se venían encima inexorablemente. Nosotros, indulgentes, reíamos su razonable ocurrencia y tratábamos de despojarle de tantos miedos atávicos sembrados por una propaganda anticomunista deshumanizadora y alienadora.



La buena colombiana procedía de una rancia familia burguesa, muy reaccionaria, y sus padres y hermanos vivían en los Estados Unidos, hacia donde ella viajaría al concluir el Congreso. Ella trabajaba en una importante empresa norteamericana que todos los años le sufragaba la participación en eventos científicos como parte de su superación. Así que ella, admirada de poder tener un intercambio franco con dos cubanos de la Isla, nos confesaba que si sus padres y hermanos conocieran de esta plática sostenida en el marco de “una coexistencia pacífica”, seguramente se horrorizarían y hubieran dado el grito en el cielo por tan tremenda locura de su idolatrada hija y hermana.



Pero así son las cosas de este mundo, entre intercambios serios y risas compartidos. Allí estaba María del Carmen, locuaz y simpática confidente, para contarle sus experiencias de Cuba, y cómo pudo prescindir de su vida acomodada de burguesa, de sus conflictos iniciales como católica, de sus tan queridos hábitos de los productos diversos de belleza made in USA y otros artículos del mercado imprescindibles dentro de la sociedad capitalista, para asumir un rol social que le fue llenando, poco a poco, aquellos agujeros producidos por tantas faltas de artículos de consumo. Sí, allí estaba María del Carmen, como una virgen que hablaba con naturalidad de sus necesidades materiales y de sus otras riquezas materiales y espirituales como ciudadana de ese país bloqueado y estigmatizado llamado Cuba.



Durante la semana del evento, pudimos conocer el otro lado de nuestra interlocutora. Narraba el episodio de una huelga en la empresa donde laboraba. El sindicato y los trabajadores decretaron una huelga reivindicando mejoras salariales y de condiciones de trabajo. Los dueños apelaron a los trabajadores leales, a los disciplinados y, en fin, a los conocidos rompehuelgas. Ella, como profesional, al tratar de incorporarse a la jornada en la empresa, fue atrapada dentro de su auto por la multitud airada de los huelguistas. Fueron momentos de espantos los que ella vivió, durante los cuales su carro sufrió averías considerables y ella misma tuvo algunas excoriaciones en sus miembros superiores. Mientras se le atendía en una clínica, recibió la visita de un dirigente sindical, conocido y amigo, y miembro del comité de huelga. Iba a interesarse por su estado.



Nos narró ella que descargó contra él toda la rabia y resentimientos acumulados por aquella agresión injustificable que le había provocado aquella multitud irritada. Él la escuchó en calma y con respeto, y le pidió disculpa en nombre de los trabajadores. “Así son las cosas, le dijo, cuando los ánimos caldeados se desbordan”.



Cuando el obrero consideró que la calma había retornado al cuerpo de su compañera, creyó conveniente que había llegado su turno. Nos contó ella que la llamó por su nombre, y le recalcó la frase “Querida doctora”. Y luego le dijo:



“Tú has vivido esta experiencia amarga por primera vez. Te has sorprendido de ser tratada así durante unos minutos como si hubieras sido una enemiga, y sabemos que no lo eres realmente, aunque con tu actitud de rompehuelga, te comportabas como tal. Quiero decirte que yo comprendo ese dolor y esa ira. Y ¿tú sabes por qué mis compañeros y yo podemos entender tu actual estado anímico? Pues simplemente, querida doctora, porque nosotros no llevamos un solo día siendo tratados de esta manera, llevamos años sintiendo el desprecio, la burla, las amenazas, las represalias de los dueños y de todas las autoridades que respaldan sus actos injustos y prepotentes. No sólo hemos sido insultados, sino maltratados, golpeados, hemos sufrido heridas físicas y sentimentales, también nos ha tocado morir. Y nuestros heridos y muertos no han recibido ningún amparo ni han merecido disculpa alguna. Así que te repito, son años de injusticias, años de vivir sangrando por dentro y por fuera, años de sentir toda la rabia inimaginable, años de vivir esas inmensas desesperanzas que tú no conoces. Por eso, querida amiga, ahora te pido que comprendas que yo, nosotros, también tenemos miles de razones para odiar y cometer los excesos propios de los ofendidos y desesperados por toda una vida llena de amarguras”.



Con una carga emocional conmovedora, así nos contó esta historia, la colega colombiana, la profesional buena que era hija de una rancia y reaccionaria familia burguesa, asentada en los Estados Unidos.



Al compartir este recuerdo, a modo de crónica de viaje, alegra y reconforta conocer que la colombiana sigue en su Colombia y los dos cubanos también siguen en Cuba, muchos años después que los tres se despidieran, un día de octubre, ante la majestuosa e imponente Catarata del Niágara.


20/7/09